sábado, 4 de agosto de 2007

Libre mercado; “Gracias”; “Gracias a ti”
Por John Stossel
Colaboraciones nº 1754 12 de Junio de 2007
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Sospecho que la ignorancia en materia de economía conduce a muchos a creer que cuando dos personas intercambian bienes y dinero, una gana y la otra pierde. Si los ricos capitalistas se lucran, el pobre y el débil sufren.

Algunas personas me odian porque defiendo el libre mercado. Una vez alguien me fustigó por una calle de Nueva York y dijo, "espero que te mueras pronto".

¿Por qué la hostilidad al comercio? ¿Qué podría ser más benigno que la libertad para comerciar con quien desee? Sospecho que la ignorancia en materia de economía conduce a muchos a creer que cuando dos personas intercambian bienes y dinero, una gana y la otra pierde. Si los ricos capitalistas se lucran, el pobre y el débil sufren.

Eso es un mito. ¿Cuántas veces ha pagado usted un dólar por una taza de café y después de que la cajera le dijera "gracias", usted contestó "gracias a ti"? Existe una riqueza de conocimiento económico en el extraño momento doble gracias. ¿Por qué sucede? Porque usted quiere el café más que el euro que paga por él, y el negocio quiere ese euro más que el café. Ambos ganan.

Los economistas comprendieron hace tiempo que dos personas comercian porque cada una quiere lo que tiene la otra más de lo que quiere lo que tiene ya. A sus respectivos ojos, los bienes intercambiados son desiguales en valor neto. Pero esto significa que cada uno sale adelante habiendo renunciado a algo que desea menos a cambio de algo que quiere más. Simplemente no es cierto que uno gane y el otro pierda. Si ese fuera el caso, el perdedor no habría comerciado. Es una situación en la que todos ganan, o como dirían los economistas, un balance positivo.

Experimentamos esto todo el tiempo que tenemos ese momento doble gracias en un restaurante o un comercio. No importa que usted desee que el precio del café fuera inferior. Queremos que el precio de todo sea inferior (excepto el precio de lo que vendemos, ya sea ello nuestro producto o nuestro trabajo). Lo que importa es que usted compró el café por un euro. La historia no cambia si usted compra a alguien en otra ciudad o estado. No cambia ni siquiera si usted compra a alguien en otro país. Es por lo que me echo a temblar cuando escucho a los políticos decir cosas como, "Creo en el libre comercio, pero tiene que ser comercio justo". Esta cita particular procede de un contrincante presidencial, Mike Huckabee, ex gobernador de Arkansas.

"Comercio justo" es el nombre en clave de proteccionismo disfrazado como represalia contra otros países que pueden o no practicar el proteccionismo, y es una mala señal que hasta los Republicanos hablen de comercio "justo" en lugar de "libre". Deberíamos practicar el comercio libre sin importar lo que hagan otros. ¿Por qué? Porque la libertad es buena en sí misma. Si los gobiernos extranjeros quieren perjudicar a sus ciudadanos, no es motivo para que el nuestro nos perjudique a nosotros.

Las personas que viven en países distintos están divididas por una frontera política, pero las fronteras son accidentes de la historia o resultado de decisiones arbitrarias por parte de políticos. Las fronteras políticas son económicamente irrelevantes. Cuando se deja libre, la gente comercia a través de ellas con tanta naturalidad como a través de las fronteras estatales. El comercio es el comercio. Tanto vendedor como comprador se benefician. "Gracias". "Gracias a ti". Si usted está preocupado por un déficit comercial con, digamos, China, imagine que China se convirtiera en el estado 51. Inmediatamente olvidaríamos todo ese presunto déficit. A quién le importa si Nueva York tiene un déficit comercial con Pennsylvania. Como escribía Adam Smith, "Nada... puede ser más absurdo que toda esta doctrina de equilibrio comercial".

Sheldon Richman extiende estas ideas en la revista The Freeman, escribiendo, "En realidad, entonces, no existen exportaciones o importaciones. Solamente existe lo que hago y lo que hace todo el mundo... Pocas personas querrían vivir de lo que pudieran hacer ellas mismas". Una vez que elegimos el comercio en lugar de la autosuficiencia, solamente argumentamos lo grande que deberían ser las zonas de libre comercio. Puesto que el comercio es siempre mutuamente beneficioso, la respuesta es: contra más grande sea la zona de libre comercio, mejor.

De tamaño mundial es lo mejor. La próxima semana hablaré acerca de la vorágine de expresiones de culpa y odio comercial alimentados por informaciones de los medios sobre el "nuevo precio récord" de la gasolina este mes. A propósito, no es un récord.
El continuo enfado de la izquierda
Por Thomas Sowell
Colaboraciones nº 1711 22 de Mayo de 2007
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Es sorprendente la frecuencia con la que las opiniones de aquellos a la izquierda se acompañan de hostilidad y hasta odio. para muchos de la izquierda, la indignación no es una cosa puntual. Es un estilo de vida.

Que las personas a la izquierda política tienen un determinado conjunto de opiniones igual que la gente de otras franjas del espectro ideológico no es sorprendente. Lo sorprendente, no obstante, es la frecuencia con la que las opiniones de aquellos a la izquierda se acompañan de hostilidad y hasta odio.

Temas concretos pueden levantar pasiones aquí y allí para cualquiera con cualquier opinión política. Pero para muchos de la izquierda, la indignación no es una cosa puntual. Es un estilo de vida. ¿Con cuánta frecuencia ha visto usted a conservadores o libertarios tomando la calle, gritando furiosos eslóganes? ¿Con cuánta frecuencia ha visto usted a estudiantes conservadores en el campus poniendo a caldo a un orador invitado o provocando disturbios para evitar que el invitado hable?

La fuente de la rabia de los izquierdistas, "progresistas" o radicales no es obviamente manifiesta en absoluto. Los objetos de su enfado han incluido a personas que no son conflictivas o incluso geniales, tales como Ronald Reagan o George W. Bush. Es difícil pensar en un momento en el que Karl Rove o Dick Cheney hayan elevado siquiera su voz, pero son odiados como la encarnación del diablo.

Ni siquiera se debe ser conocido para provocar las iras de la izquierda. "Recortes fiscales para los ricos" es más que un eslogan político. Es incitación al odio. Todo tipo de personas puede tener todo tipo de creencias acerca de cuáles son los mejores recortes fiscales desde diversos puntos de vista. Pero ¿cómo puede reconciliarse la gente con el hecho de que algunos contribuyentes sean capaces de conservar más del dinero ganado, en lugar de entregarlo a los políticos para que lo extiendan en modos calculados por ellos mismos para salir reelegidos? La furiosa izquierda no tiene tiempo que dedicar ni siquiera a considerar el argumento de que lo que ellos llaman "recortes fiscales para los ricos" son en la práctica recortes fiscales para la economía. La idea de que los recortes fiscales pueden en ocasiones estimular el crecimiento económico tampoco es nueva, redundando en más empleos para los trabajadores y mayores beneficios para las empresas, lo que conduce a más ingresos fiscales para el gobierno.

Un economista altamente considerado observaba una vez que "la gravación puede ser tan elevada como para destruir su objetivo", de modo que en ocasiones "una reducción del peso fiscal tendrá mejores posibilidades de equilibrar el presupuesto que un incremento". ¿Quién dijo eso? ¿Milton Friedman? ¿Arthur Laffer? No. Se dijo en 1933 por John Maynard Keynes, un icono progresista. Tipos fiscales más bajos han conducido a ingresos fiscales más elevados en muchas ocasiones, tanto antes como después de la declaración de Keynes -- los recortes fiscales de Kennedy en los años 60, los recortes fiscales de Reagan en los 80, y los recientes recortes fiscales de Bush que han conducido a ingresos fiscales récord este abril. Los déficits presupuestarios han sido con frecuencia producto de gastos en infraestructura, pero raramente de tipos fiscales reducidos.

Aquellos en el otro bando pueden tener argumentos diferentes. Sin embargo, la cuestión aquí no es el motivo de que la izquierda tenga argumentos distintos, sino el motivo de que haya tanta rabia. Con frecuencia es un ejercicio de futilidad pretender encontrar un principio siquiera detrás del enfado. Por ejemplo, la obsesión de la izquierda con los elevados ingresos de los ejecutivos corporativos nunca parece extenderse a los igualmente elevados -- o aún más elevados -- ingresos de los atletas profesionales, artistas, o autores de libros de éxito como Danielle Steel.

Si el motivo del enfado es la sensación de que los ejecutivos directivos están sobre-pagados por sus contribuciones, entonces debería haber aún más enfado con las personas que no hacen absolutamente nada, por disponer de fortunas heredadas.

Pero aun así, ¿con qué frecuencia la izquierda ha perdido los estribos con la indignación causada por aquellos que heredan las fortunas Rockefeller, Roosevelt o Kennedy? Ni siquiera herederos venidos a menos como Paris Hilton parecen provocarles realmente. Es difícil encontrar un principio detrás de lo que enfurece a la izquierda, encontrar una postura no es igual de difícil. Su mayor enfado parece dirigirse contra las personas y las cosas que frustran o minan la visión social de la izquierda, el melodrama político protagonizado por la izquierda como salvadora del pobre, el medio ambiente y otras tareas de metomentodo que ellos se han adjudicado.

Lo que odian parece ser la amenaza a sus egos. Y nada supone una amenaza mayor a su deseo de controlar las vidas del resto de la gente que el libre mercado y sus partidarios.


Thomas Sowell es un prolífico escritor de gran variedad de temas desde economía clásica a derechos civiles, autor de una docena de libros y cientos de artículos, la mayor parte de sus escritos son considerados pioneros entre los académicos. Ganador del prestigioso premio Francis Boyer presentado por el American Enterprise Institute, actualmente es especialista decano del Instituto Hoover y de la Fundación Rose and Milton Friedman


©2007 Creators Syndicate, Inc.
Las consecuencias de abandonar Irak
Por Jeff Jacoby
Colaboraciones nº 1863 3 de Agosto de 2007
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(Publicado en The Boston Globe, 18 de julio de 2007)
Más ruidosamente, con mayor insistencia, suenan los tambores de una retirada americana de Irak.
Declarar inganable la guerra y dejar a los iraquíes para zanjar sus propios problemas ya no es una receta tomada en serio exclusivamente en los márgenes pacifistas. Allá por noviembre de 2005, cuando el llamamiento del Representante John Murtha a una retirada inmediata de las tropas norteamericanas fue sometido a votación, la Cámara lo rechazó de manera casi unánime, 403 a 3. La semana pasada, una propuesta de ley de la Cámara legislando la salida de Irak hacia el próximo mes de abril era aprobada 223 a 201. Puede que no haya -- aún -- una mayoría a prueba de veto para suspender la financiación, pero está claro hacia dónde va la tendencia

El tren de acabar la guerra también está avanzando en el Senado. Algunos prominentes Republicanos se han subido recientemente, uniéndose a los Demócratas que llevan muchos meses denunciando la guerra. "No podemos seguir pidiendo a nuestras tropas que se sacrifiquen indefinidamente", decía el 5 de julio Pete Domenici, de Nuevo México, mientras llamaba a "una nueva estrategia que saque a nuestras tropas de las operaciones de combate y las ponga camino a casa". George Voinovich, de Ohio, ha instado al Presidente Bush a abandonar el incremento y adoptar "el Plan S de salida" en su lugar.

La caja de resonancia de los medios, mientras tanto, reverbera con el derrotismo sobre Irak y el desprecio hacia el presidente. La atención lograda se dedica a los vaivenes Republicanos; ni por asomo a los esperanzadores réditos prestados por el incremento del General David Petraeus. "Si no es ahora, ¿cuándo?" preguntaba agresivamente hace poco Matt Lauer en el programa Today de la NBC. "La Casa Blanca afirma que no está considerando retirar de Irak a las tropas americanas ahora mismo, pero con índices de aprobación en caída y deserciones de su propio partido, ¿es solamente cuestión de tiempo antes de que el presidente cambie de curso?... ¿cuánto tiempo puede ignorar el presidente los llamamientos a traer a casa las tropas?"

Pero con todo el clamor para abandonar Irak, no hay ningún debate serio simplemente de lo que significará abandonar.

Si las tropas norteamericanas abandonan prematuramente, es probable que el gobierno iraquí colapse, lo cual podría provocar violencia a una escala mucho más mortal de la que está sufriendo Irak ahora. La perversa influencia de Irán se intensificará, y con ella la probabilidad de conflicto sunita-chiíta incrementado, y hasta una carrera nuclear por todo Oriente Medio. Los terroristas y los fanáticos antiamericanos en todo el mundo se verán reforzados. Irak emergerá, en palabras del Senador John McCain, "como un salvaje Oeste para terroristas, similar al Afganistán anterior al 11 de Septiembre". Otra vez más -- como en Vietnam, en el Líbano, en Somalia -- los Estados Unidos habrán demostrado ser el competidor más débil, reticente a llevar una lucha hasta el final.

Pero nada de esto parece preocupar al lobby de la rendición, que o bien no piensa en las consecuencias de abandonar Irak, o está convencido de que la salida americana realmente mejorará las cosas. "Si todo el mundo sabe que nos vamos, serán presa del miedo", declara Voinovich. Seguro que lo serán. Nada asusta a al-Qaeda más que ver a los americanos en retirada.

Hace tres décadas, defensas similares se hacían en apoyo a dejar el sureste de Asia a los comunistas. A la advertencia del Presidente Ford de marzo de 1975 de que "los horrores y la tragedia que vemos en televisión" solamente empeorarán si los Estados Unidos suspende la ayuda al sitiado gobierno de Camboya, el entonces Representante por Connecticut Christopher Dodd respondía: "el mayor regalo que nuestro país puede dar al pueblo camboyano es la paz, no armas. Y la mejor manera de lograr ese objetivo es poniendo fin a la ayuda militar ya". De modo que Washington puso fin a la ayuda militar, y Phnom Penh cayó frente al Jemer Rojo. Que procedió a exterminar a casi 2 millones de camboyanos en uno de los genocidios más asquerosos de la era moderna.

El 13 de abril de 1975, cuatro días antes de que el reinado comunista del terror comenzase, la noticia de portada de Sydney Schanberg en el New York Times se titulaba: "Indochina sin los americanos: para la mayoría, una vida mejor". En perspectiva quizá los errores de juicio tan dramáticos pueden ser excusados en parte con el argumento de que los americanos en realidad no sabían los horrores de los que fueron capaces Pol Pot y el Jemer Rojo.

Pero no habrá tal excusa para aquellos que insisten en salir de Irak. Porque ellos conocen perfectamente bien los horrores de los que son capaces al-Qaeda y sus aliados jihadistas. Decapitaciones. Atentados suicida. Linchamientos. Asesinatos infantiles. Ataques con clorina. Bali. Madrid. El 7 de Julio. El 11 de Septiembre.

Nos encontramos en una guerra con bárbaros que proclaman su amor a la muerte y que se congratulan en la masacre de inocentes -- y que están combatiendo para ganar. Podemos elegir conformarnos con la derrota en Irak, pero lejos de poner fin a la guerra, solamente la hará más difícil y más mortal. El precio que pagarán los americanos si abandonan Irak será muy elevado. El precio que pagarán los iraquíes será aún más elevado.